El derecho a la objección
Obviamente, la indignidad no provenía sólo del bajo vientre clerical sino de su egoísmo, sus ideas y su irresponsabilidad. Los clérigos no son los propietarios de la Iglesia y cualquier actuación arbitraria o abiertamente insensata, por su parte, debe ser contrarrestada por el bien de la Iglesia por los demás miembros de la comunidad creyente. La salud de las almas constituye la única razón y justificación de ser de la actuación eclesial.
Últimamente, en estos días nuestros, Benedicto XVI ha entregado a los laicos otra atribución sorprendente que no puede menos de hacernos pensar: un grupo de fieles puede pedir al responsable parroquial la celebración de la misa tridentina en su versión Juan XXIII, y el sacerdote, si no tiene graves razones en contrario, debe satisfacer su deseo.
No parece incoherente pensar que si en lo poco tienen esa atribución, a fortiori, en lo más importante para el bien eclesial la tendrán con más razón. Para muchos creyentes la situación de la Iglesia española resulta desquiciada, arbitraria y contradictoria. No por la actuación gubernativa ni por el laicismo rampante, que, por supuesto, son gravemente preocupantes, sino por la desenvoltura suicida de algunos obispos, a menudo mal elegidos, sin tener en cuenta el bien y las necesidades de las respectivas comunidades, sino el deseo de acomodar a tiro de piedra algunos auxiliares o la suicida decisión de contar con alfiles agradecidos y sumisos, dando lugar a una Iglesia incapaz de responder adecuadamente a los graves retos del momento.
Hace mucho tiempo que el catolicismo político no ha tenido tanta intervención; que la arbitrariedad episcopal ha contado menos con su clero y, por supuesto, con sus laicos; que se ha utilizado más la defensa de la Iglesia cuando con la propia actuación se ataca arbitrariamente la comunión eclesial; que la Conferencia episcopal ha estado tan inoperante y tan subyugada.
Parece ser la hora de los más atrevidos, de los usurpadores de las riendas eclesiales, de quienes manipulan supuestas amistades pontificias, de quienes utilizan torticeramente emisoras y altavoces de la comunidad creyente, de quienes juegan con la comunidad ensalzando a sus amigos y marginando a quienes no piensan como ellos. Es hora de que muchos obispos, sacerdotes y creyentes, en general, lancen su «basta ya», exijan al nuncio obispos más adecuados, a los obispos otras formas y otro talante, a la Conferencia la valentía de la corresponsabilidad, a la comunidad creyente su voz y su protesta fruto del amor a la Iglesia. Se habla del derecho a la objeción de conciencia. Bien, pues utilicémoslo. Todo por el bien de la Iglesia.
Naturalmente, al tiempo que intentamos poner en orden el interior de nuestra Iglesia, debemos exigir, como ciudadanos capaces, el respeto social a nuestras creencias. Es hora de abandonar la pasividad y el pasotismo suicida tanto en nuestra comunidad creyente como en la sociedad civil.

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