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19/06/2007 GMT +1A

De prostitución

indy @ 00:11


A

  la profesión más vieja del mundo se le cuestiona denuncia el alquiler del cuerpo como una cosificación de la dignidad humana, reducida a un mero objeto mercantil ¿Se puede disponer del cuerpo sin ningún límite ético? Unos apelan a la libertad de hacer lo que se quiera para justificar la legalización del comercio sexual. Otros ponen el acento en legalizar la prostitución para luchar contra el negocio de las mafias a base de traficar con mujeres y niños reducidos a esclavos del sexo, engañados en su ansiedad por huir de la miseria de sus países de origen. Unos y otros, no valoran el arrinconamiento de la ética al oficializar esta degradación. Es cierto que la prostitución no ha sido siempre una misma realidad. La que existió en la Mesopotamia de los asirios y caldeos es de las primeras que se conocen; entonces, hospitalidad y prostitución estaban íntimamente relacionadas. El favor sexual era un servicio más de los que podía disponer el viajero en la casa del huésped, sin que tuviera que pagar por ello.

Luego apareció un servicio sexual femenino de tipo religioso y de pago en los templos dedicados a tal efecto. Más tarde, llega la consolidación de la familia monogámica que obstaculiza el montaje comercial en torno al sexo que tan bien les fue a los fenicios y después a todos los demás (Prostituere significa exponer en público, poner en venta.) Cuando la degradación viene marcada por la deuda externa es un drama en sí misma, que no puede considerarse una opción de vida sino una pura forma de esclavitud o asidero último de muchos pobres para salir de la miseria.

La prohibición y la reglamentación de la prostitución han ido alternándose en la historia con resultados diferentes, hasta que a principios del siglo XIX fue considerada por los Estados como un hecho incómodo que necesitaba de una reglamentación ante su calado social y del que era posible sacar beneficios económicos en paralelo a su rechazo por principios morales y éticos.

Dicho lo anterior, en ningún caso encaja cabalmente que una persona que decide alquilar su cuerpo, tenga diferente tratamiento al del empleado que decide trabajar quince horas diarias por debajo del salario mínimo; no cabe renunciar a la libertad y a la dignidad desde el acomodo legal cuando alguien decide vivir de manera infrahumana. Ayudarles sí, pero no a perpetuarse en la degradación.

Pero existe otra prostitución al calor de otros fenómenos político-sociales, como el consumismo y la presión hacia el éxito por la vía rápida. La naturaleza y sobre todo el discurso del poder, utilizan una doble moral, en ocasiones muy cruel. "Todos tenemos un precio", se afirma con naturalidad en el marco de una competitividad desquiciada. Y quien así se expresa, lejos de sentirse avergonzado, lo formula como un envite para que cualquiera con una similar ausencia de valores, pueda tomarle la palabra y poner en jaque a su dignidad personal.

Esta forma de prostituirse afecta al núcleo mismo de la persona aunque los que la practican suelen conformarse con esta pobre explicación a su conducta: el que piense que no tiene precio, es que aun no le han tentado con el suyo.

Y es muy cierto que todos podemos caer en una debilidad, pero lo que ahora se lleva con naturalidad es algo más: es la exhibición del negarse a ejercer de seres libres poniendo en el escaparate la libertad humana. Se alquila un coche, un piso, un cuerpo humano o una voluntad corrupta. Esta opción de no asumir el ejercicio de la libertad (inseparablemente unidad a la responsabilidad) es una especie de pose social que toca todos los palos con un cinismo que no se da en quienes se aferran a cualquier prostitución por pura supervivencia.

José Antonio Marina desmaquilla lo injustificable cuando escribe sobre los de esclavos felices. Cuenta el "caso" de los que pertenecieron a Nepomuceno de Cárdenas, el dueño que quiso devolverles la libertad, pero ellos montaron un plebiscito y se negaron votando por el mantenimiento de su esclavitud. Así, Cárdenas se convirtió en el primer dueño de esclavos elegido por sufragio universal.

por gabriel mª otalora

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