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Archivo: Julio 2007

26/07/2007 GMT +1A

El derecho a la objección

indy @ 10:02
Con el papa Gregorio VII el movimiento reformador fue adquiriendo consistencia e importancia en la vida de la Iglesia. El mayor problema en aquel tiempo consistía en la inmoralidad e incapacidad pastoral del clero alto y bajo. Buscaban sus intereses y actuaban según sus gustos sin tener en cuenta el bien común. La situación se deterioró a tal extremo que los laicos fueron conscientes de que su responsabilidad cristiana les exigía tomar parte activa en las determinaciones reformadoras de una Iglesia sin nervio vital y con egoísmos incontrolables. Para colmo, el Papa Gregorio puso en sus manos un arma no nueva, pero sí poderosa y decisiva en aquella coyuntura, la capacidad de boicotear las celebraciones y las exigencias del clero, indigno en su vida personal y discapacitado para responder a las necesidades del angustioso momento eclesial.

Obviamente, la indignidad no provenía sólo del bajo vientre clerical sino de su egoísmo, sus ideas y su irresponsabilidad. Los clérigos no son los propietarios de la Iglesia y cualquier actuación arbitraria o abiertamente insensata, por su parte, debe ser contrarrestada por el bien de la Iglesia por los demás miembros de la comunidad creyente. La salud de las almas constituye la única razón y justificación de ser de la actuación eclesial.

Últimamente, en estos días nuestros, Benedicto XVI ha entregado a los laicos otra atribución sorprendente que no puede menos de hacernos pensar: un grupo de fieles puede pedir al responsable parroquial la celebración de la misa tridentina en su versión Juan XXIII, y el sacerdote, si no tiene graves razones en contrario, debe satisfacer su deseo.

No parece incoherente pensar que si en lo poco tienen esa atribución, a fortiori, en lo más importante para el bien eclesial la tendrán con más razón. Para muchos creyentes la situación de la Iglesia española resulta desquiciada, arbitraria y contradictoria. No por la actuación gubernativa ni por el laicismo rampante, que, por supuesto, son gravemente preocupantes, sino por la desenvoltura suicida de algunos obispos, a menudo mal elegidos, sin tener en cuenta el bien y las necesidades de las respectivas comunidades, sino el deseo de acomodar a tiro de piedra algunos auxiliares o la suicida decisión de contar con alfiles agradecidos y sumisos, dando lugar a una Iglesia incapaz de responder adecuadamente a los graves retos del momento.

Hace mucho tiempo que el catolicismo político no ha tenido tanta intervención; que la arbitrariedad episcopal ha contado menos con su clero y, por supuesto, con sus laicos; que se ha utilizado más la defensa de la Iglesia cuando con la propia actuación se ataca arbitrariamente la comunión eclesial; que la Conferencia episcopal ha estado tan inoperante y tan subyugada.

Parece ser la hora de los más atrevidos, de los usurpadores de las riendas eclesiales, de quienes manipulan supuestas amistades pontificias, de quienes utilizan torticeramente emisoras y altavoces de la comunidad creyente, de quienes juegan con la comunidad ensalzando a sus amigos y marginando a quienes no piensan como ellos. Es hora de que muchos obispos, sacerdotes y creyentes, en general, lancen su «basta ya», exijan al nuncio obispos más adecuados, a los obispos otras formas y otro talante, a la Conferencia la valentía de la corresponsabilidad, a la comunidad creyente su voz y su protesta fruto del amor a la Iglesia. Se habla del derecho a la objeción de conciencia. Bien, pues utilicémoslo. Todo por el bien de la Iglesia.

Naturalmente, al tiempo que intentamos poner en orden el interior de nuestra Iglesia, debemos exigir, como ciudadanos capaces, el respeto social a nuestras creencias. Es hora de abandonar la pasividad y el pasotismo suicida tanto en nuestra comunidad creyente como en la sociedad civil.

JUAN MARÍA LABOA/CATEDRÁTICO DE HISTORIA DE LA IGLESIA

08/07/2007 GMT +1A

Ciudadanía, más que una asignatura

indy @ 21:05

«No percibo ideología partidista por ningún lugar, ni de un signo ni de otro. Sí observo, en cambio, la intención de recoger lo común de la ética ciudadana de nuestra actual sociedad, con un gran respeto hacia las diversas religiones y posiciones socio-políticas».

Asistimos en este tiempo a una intensa controversia en torno a la inclusión en el currículum educativo de la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos; debate que ha llegado al Parlamento del Estado en las sesiones denominadas «sobre el estado de la nación». Las posiciones no son sólo distintas, sino enfrentadas. ¿Están en juego el bien y el mal? ¿Esta asignatura torpedea los pilares de una recta moral? ¿Puede el Estado o el partido en el Gobierno arrogarse el derecho a educar cívica y éticamente a los ciudadanos? ¿Sus contenidos hacen tambalear las bases de nuestras familias? He ahí grandes cuestiones que salen a la palestra pública de una sociedad cuyas transformaciones están siendo de tal calado para el futuro que, honestamente, creo que es mejor mantener una actitud abierta que subirnos al burro de la cerrazón y el inmovilismo visceral.

Me he tomado la molestia de leer los contenidos que se plantean en Educación para la Ciudadanía y, francamente, no encuentro motivos que susciten desazón o preocupación en los ciudadanos ni en las familias que componen nuestro tejido social. Es más, creo que sus principios son de gran ayuda para la convivencia y la cohesión social: el reconocimiento de la unidad en la común humanidad; el fomento de la tolerancia y el respeto al pluralismo, a la diversidad e interculturalidad; la igualdad radical de toda persona. Dejando a un lado posturas extremas procedentes de las actitudes opuestas del absolutismo y del relativismo -ambas coincidentes en su dogmatismo-, estos principios caminan más por la vía de la corresponsabilidad en el presente y el futuro de la Humanidad.

Mujeres y hombres somos iguales en dignidad, derechos y deberes. Mujeres y hombres somos distintos en lo referente al género, lo que a todos nos enriquece. A los asentados aquí hace tiempo y a los venidos de otras geografías nos unen los mismos rasgos que constituyen el ser personas, y nos enriquece la hermosa variedad de colores, sensibilidades, rasgos culturales, creencias e ideas.

A las varias formas y orientaciones afectivo-sexuales que configuran a los seres humanos les une el derecho a la libre expresión de las mismas, a su reconocimiento social y jurídico. En el esfuerzo contra las múltiples discriminaciones que ejercemos contra las personas, estas categorías de ética cívica son firmes cimientos que merecen ser vividos, testimoniados y educados en todas las edades, también en las de nuestras jóvenes generaciones.

La fe que Dios me ha regalado y que en mi caso hunde sus raíces en el Evangelio de Jesús de Nazaret me ofrece la confianza y la fortaleza para intentar vivir conforme a esos principios. Yo no encuentro contradicción, sino coincidencia. ¿Es que no han sido inspirados en buena parte por la tradición cristiana que recorre nuestra Historia? Con un plus en cuanto a la defensa de los más débiles, a una querencia especial por los excluidos y marginados. Son los pobres y los discriminados el vértice del prisma desde el que el cristiano proyecta los rayos de luz de la solidaridad y la esperanza. Y contra la pobreza y el rechazo ningún antídoto mejor que la igualdad, edificada desde el conmoverse con las personas de carne y hueso en sus situaciones de dificultad.

No percibo ideología partidista por ningún lugar, ni de un signo ni de otro. Sí observo, en cambio, la intención de recoger lo común de la ética ciudadana de nuestra actual sociedad, con un gran respeto hacia las diversas religiones y posiciones socio-políticas. Por eso mi razón y mi fe no pueden aprobar el rechazo y la condena hacia esta asignatura por parte de muchos obispos de mi propia y querida Iglesia.

Cuando incluso los representantes de los centros de enseñanza católicos no se oponen a su impartición en las aulas, ¿qué miedos hay detrás de quienes pretenden hablar en nombre de todos los católicos, promoviendo la objeción de conciencia hacia esta materia? ¿Tienen de verdad miedo a que implique el adoctrinamiento de una supuesta ideología?

En eso sus predecesores no deberían haber colaborado mayoritariamente con la ominosa e ilegítima cuarentena antidemocrática franquista; entonces sí que sufrimos un claro adoctrinamiento del régimen y una pretensión de imposición general de la moral católica oficial.

¿No será miedo a no ser ellos los que detenten el control de las costumbres y conductas de esta sociedad? ¿No será miedo a una sociedad más madura, con unos principios cívicos y éticos sólidos para la convivencia, como los que veo reflejados en el desarrollo curricular de esta materia educativa? ¿No ven que una buena parte de los católicos no pensamos como ellos?

Bien pudiera parecer que, también en esto, quisieran echar leña al fuego de la división social y no se dieran cuenta de estar faltando a la comunión del Pueblo de Dios. Es posible que el actual Gobierno no haya hablado con todos los sectores que componemos esta variopinta polis; lo que parece más claro aún es que muchos de nuestros obispos ni siquiera han abierto las puertas al diálogo sobre este tema en el interior mismo de nuestras comunidades cristianas.

Exigir más democracia a otros pide práctica de la democracia en la propia casa. La ciudadanía es mucho más que una asignatura. La sociedad que yo conozco, en la que vivo, es multicolor. En mi barrio convivimos gentes de rasgos culturales distintos: unos somos payos, otros gitanos, los hay latinos de acá y de allende el océano, africanos del Magreb y de más al sur. Ropajes, creencias, religiones, convicciones... todo en plural. Mi hogar lo formamos tres vascos y dos magrebíes; los unos de fe cristiana, los otros musulmana; unos educados y hechos a unos moldes culturales y otros a otros. Nuestras paredes reverberan sonidos en euskera, castellano, árabe y lengua bereber. Coincidimos en lo que nos dignifica a todos: ser personas, nuestra común humanidad.

Algo clave vamos descubriendo en la convivencia cotidiana: aprender a querernos. Todo un proceso que comienza con el primer conocimiento, sigue por la cercanía y el respeto, se acrisola con los roces, los rifi-rrafes en las ideas, la manifestación de sentimientos, la solidaridad en lo bueno y en lo malo de la vida de cada uno, la comprensión de las debilidades, de las pequeñas y grandes manías propias y ajenas. Y lo que ocurre en mi casa no es más que un botón de muestra del conjunto de la sociedad civil. Ésta, a través de las legítimas instituciones políticas, puede y debe dotarse de los medios que fomenten una educación cívico-ética de principios básicos emanados de las declaraciones de los Derechos Humanos y civiles, en los que tenga también cabida el pluralismo de opciones concretas. Uno de esos posibles medios es una materia educativa. Su adaptación a cada edad, lugar y centro, su desarrollo, mejora y actualización en el marco escolar serán consecuencia del esfuerzo en la nada fácil pero apasionante tarea educativa de padres, profesores y alumnos.

EUSEBIO LOSADA 'UXE'/EDUCADOR Y SACERDOTE

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